Niña de la guerra, relato verídico

Quedarán para siempre en mi memoria las imágenes de los comienzos de los años 90, la cara de los muchachos, algo mayores que yo, pero que aún no eran adultos y corrían a una guerra armados con un corazón enorme.
Los admirábamos mientras se alejaban saludándonos con la mano, con una sonrisa y una canción en los labios. Nos dejaban una sensación de despreocupación, como que no iban a una horrorosa guerra de la que, tal vez, no volverían…
Muchos de estos jóvenes de oro jamás regresaron.
Recuerdo, como si fuera ayer, a mi padre que se prepara rápidamente, se calza las botas, y yo, sentada frente a sus pies, haciéndole infinitas preguntas. A cada una de ellas me respondía pacientemente, y sonreía, para que no tuviera miedo. Pero yo ya sabía, en ese entonces, reconocer acurrucada en un rincón de su sonrisa, una gran preocupación por mi y por nuestra Patria.
No se dio cuenta cuando le puse en el bolsillo de su chaqueta una foto del Sagrado Corazón de Jesús, para que lo cuidara y yo pudiera volver a abrazarlo cuando volviese.
En la despedida me levantó, me abrazó y preguntó: “¿Quién tuvo una hijita?” y yo, con el corazón lleno de gozo, contesté: “¡Papá!”
Como crecí con mi padre y sin madre, estaba sola en mi casa mientras él iba a la guerra. Pero tenía cerca a mi abuela, anciana ya, hoy fallecida, que se ocupaba de mi y que, por temor a los bombardeos, no me permitía pasar los días jugando afuera.
Una vez, en tiempos de ataque, me entretuve en el jardín, y mientras alrededor se levantaba la tierra, mi abuela, toda asustada, corrió hasta mí, me empujó bajo su falda, me envolvió con ella cubriéndome por todos lados, para protegerme, pobre, como si una metralla no pudiera traspasar la tela. Todavía estoy abrumada por la pena cuando pienso en ello. Pero nosotras, niñas inquietas, deseosas de jugar afuera, no podíamos esperar el momento en que nos dieran permiso para jugar en el parque cercano. Y en esos días, había silencio.
Recién habíamos comenzado a jugar, nosotras cuatro, corríamos felices por el parque, sin adultos cerca, cuando de repente se oyó ese horrible sonido de la sirena, y al instante, los aviones estaban sobrevolándonos. Pasaban tan bajo que pude ver la cara del “héroe” que disparaba su metralla sobre nosotras. Los disparos caían por todos lados, pasaban por entre mis piernas, y luego, las bombas…
Nosotras caímos al suelo, mientras que la tierra a nuestro alrededor, ascendía y temblaba.
Por mi cabeza pasaba un único pensamiento…éste es el fin de la vida y sólo pensaba en mi padre y cómo no debo morir por él, no podía estar muerta cuando él volviera!
A mi alrededor estaban acostadas mis amigas y, por la manera en que nos atacaron, no entiendo como quedamos vivas, tres de nosotras, la cuarta no….
Nuestra pequeña amiga, la más joven, fue alcanzada por una bala en la parte posterior de la cabeza, cayó junto a mí. Vi sangre en el pasto y, como en un sueño, la arrastré hasta la primer casa. Estaba bañada con su sangre y ella ya estaba muerta. Los aviones se fueron, terminaron los disparos, volvió el silencio….
Mi abuela quedó atascada en la valla de una cerca cuando intentó, en medio del terror, venir hacia mí. Enseguida las vecinas la ayudaron a salir de allí. Cuando la madre de la niña fallecida me vio bañada en sangre dejó de llorar y preguntó dónde estaba su María y si ésa era la sangre de ella. De mí no salió ni un sonido, estaba parada frente a ella, como clavada, sin saber ni cómo, ni qué decirle. Cuando ella vio el cuerpito de su hija sin vida, comenzó a romper los vidrios de las casas con los puños.
Mi abuela me llevó a casa, me bañó. Y cuando mi padre regresó del campo de batalla me dio un reto tan grande que ya nunca me permitieron ni asomarme al parque.
Nunca voy a olvidar a mi pequeña amiga y mientras yo viva, ella vivirá en mi corazón. Nunca olvidaré ni una lágrima, ni una bomba, ni nuestra niñez robada, ni a nadie que de cualquier manera haya sufrido por el bien de nuestra Patria. En especial a nuestros soldados, los verdaderos héroes, a los que sobrevivieron al infierno y a aquellos cuyos nombres he leído en las cruces, mientras les prendía una vela.

Traducido por Stella Hubmayer
Texto original: RatnePrice

¿Qué es tener abuelos croatas?

Tener abuelos croatas es preguntar cada vez que ves el globo terráqueo: “dónde está Croacia baki?” Y tu abuela con su santa paciencia te lo muestra y te dice: “ves esta bota?, enfrente está Croacia”. Y con un orgullo inmenso, repite: “ÉSTA ES CROACIA”.
Tener abuelos croatas es aprender el himno de Croacia antes que el argentino.
Tener abuelos croatas es asociar una máquina de coser a un pullover.
Tener abuelos croatas es saludar con un dobro jutro y despedirse con un laku noc.
Tener abuelos croatas es persignarse con un: “u ime oca, i sina, i duha svetoga, amén “, Y aprenderlo en castellano cuando hagas catecismo.
Tener abuelos croatas es subir al bondi y gritar: “teta Vida, teta Vida” y que todo el mundo te mire porque nadie sabe que teta es tía en croata.

Tener abuelos croatas es que un almuerzo o cena sean siempre una buena comilona, infaltables: la tradicional ronda de kolaci con un rico café a la turca.
Tener abuelos croatas es respetar el propuh antes que a nada en esta tierra.
Teniendo abuelos croatas tal vez no seas rico en abrazos y besos; pero una fuerte palmada en la cabeza puede transmitirte tanto amor como un pulgar haciendo la señal de la cruz en tu frente.
Tener abuelos croatas es haber recibido un correctivo con la chancleta o con el matamoscas.
Tener abuelos croatas es saber que no hay nada que el propoleo no pueda curar.
Tener abuelos croatas es ir a visitarlos y que el aroma de la casa sea un mezcla de chucrut, panceta ahumada y peshi morto.
Tener abuelos croatas es ir a la kuglana con tu abuela y jugar a los bolos mientras los viejos cantan y toman.
Tener abuelos croatas es levantar el tubo y avisar que vas a almorzar y que te esperen, a vos solito, con una cacerola de filovane paprike como para todo el regimiento de Granaderos a caballo.
Tener abuelos croatas es comer sarma en Navidad con una temperatura de 40 grados bajo la sombra.
Tener abuelos croatas es criarte con música de Slavonia, Bosnia, Klapa, ganga….
Tener abuelos croatas es escuchar esas melodías y tener unas ganas inexplicables de bailarlas y cantarlas…
Tener abuelos croatas es nacer con un chip que te repite constantemente: “trabajo, terreno, casa; trabajo, terreno, casa”…
Tener abuelos croatas es sentir que todo puede irte mal pero siempre hay una frase que nunca olvidas y te consuela: “peor es la guerra”
Tener abuelos croatas es decir: ” sretan Uskrs, sretan Bozic y sretna Nova Godina” porque Felices Pascuas , feliz Navidad y feliz Año Nuevo no están en tu diccionario.
Tener abuelos croatas es saber que los nietos de sus amigos, van a ser tus mejores amigos.
Tener abuelos croatas es emocionarte cuando vas con la nosnja puesta y llevas por primera vez la bandera croata en la peregrinación a Luján.
Tener abuelos croatas es tener fe ciega en Dios.
Tener abuelos croata es saber que la guerra puede robártelo todo, pero jamás la voluntad y la esperanza de salir adelante. Que siempre, pero siempre, se puede dar batalla y volver a empezar.

Perder a un abuelo croata, es cerrar los ojos y saber que el cielo está de fiesta, porque hay una “Croacia paralela” allá arriba que los espera, libres y en paz.

Escrito por Mariana Zoric

‘La corbata croata’ (cuento infantil)

En el año 2011 la Dirección General de Relaciones Institucionales del GCBA se propuso crear un libro de cuentos para niños que reflejara el aporte literario de las distintas colectividades a nuestra sociedad “Mis Abuelos También Lo Cuentan” es una recopilación de cuentos universales, de 50 colectividades, que fueron trascendiendo las generaciones e incorporándose a nuestra cultura. Son muy pocos los porteños y, más aún, muy pocos los niños que saben de dónde vienen.

El cuento que leerán a continuación se llama ‘La corbata croata’ y fue escrita por  Juan Chávez. Las ilustraciones son de Salomé Anderson

La corbata croata

Eric miraba a su abuelo que se preparaba para salir a pasear. Antes se había asomado al baño, mientras se afeitaba. Le gustaba contemplarlo con toda esa espuma blanca en la cara. El hombre sabía que su nieto lo espiaba, pero se dejaba espiar. Después vendría la pregunta inevitable sobre el nudo de la corbata que a Eric le parecía la cosa mas difícil del mundo.-Abuelo, ¿cuánto hace que usás corbata?-Uh…hace muchos años, Eric – respondió el abuelo, mientras se anudaba la corbata roja, blanca y azul.-¿Y para qué sirve la corbata?-Es un adorno-¿Entonces no sirve para nada?-No creas, en mi caso sirve para recordar de dónde vengo, porque la corbata es una prenda de origen croata, de mi patria.-¿En serio?-Claro, y no solo eso: a uno de mis antepasados le salvó la vida…-¡No! ¿Cómo puede salvar una vida un pedazo de tela?

-Sentate que te explico. Mi abuelo, que también nació en Croacia, me contó que hace mucho años, allá por el 1799, miles de soldados croatas fueron a París para ayudar al rey francés. Esos hombres, entre los que estaba este antepasado que te mencioné, llevaban atados alrededor del cuello unos echarpes muy pintorescos. Estaban confeccionados de seda y llamaron la atención de los soldados franceses, que no pronunciaban bien el idioma de sus aliados; por eso, en lugar de croatas, les decían ‘cravates’. Pronto  adoptaron esos echarpes como moda. En uno de los combates, mi antepasado quedó en inferioridad numérica y uno de ellos lanzó una estocada contra su cuello. Pero, el nudo de seda de su echarpe desvió la espada, salvándole la vida. Por ello aquellas ‘cravates’ se hicieron tan populares hasta hoy. En idioma español son las corbatas. Y por eso yo las uso, ésta en particular tiene los colores de la bandera croata.
-¡Qué buena historia, abu! ¿Y yo puedo usar corbata?
-No se, no están de moda para los chicos… -respondió riendo el abuelo de Eric
-No, pero cuando salga a pasear con vos la voy a usar, así recuerdo a nuestros antepasados…

Juan Chávez

Baba Lucija – Relato de Vesna Kostelic

Nació un día trece del año trece. No tuvo madre, apenas padre. Huyó de su casa a los nueve años. Tenía en la mano izquierda, truncada, la línea de la vida; pero saltó sobre ella y decidió sobrevivir.
Fue sirvienta y cocinera, y la primer mujer tornero en su época. Se aplastaba los senos con una faja para no lastimarse en la fábrica y para que los hombres no la vieran como a una mujer. Tenía una belleza maciza, de potranca. El cabello casi blanco de tan rubio y, los ojos, aguijones de un celeste translúcido. 
Atravesó la guerra y el océano con tres hijas colgadas. Iba detrás de una carta que no había sido enviada para ella. 
Un día descubrí que Alan Lee había copiado su sonrisa en la ilustración de un libro de seres mitológicos. 

Le gustaban las canciones, el helado de durazno, jugar a la quiniela y tomarse una grapita a las once del día con su esposo. Cuando Ivan murió, se tomaba dos: la de siempre y la otra, en honor del difunto.
Entre otros tesoros me legó sus cuchillos centenarios. Uno es largo y de un acero delgado, como una  cimitarra, útil para cortar carne. El otro, muy viejo, es un estilete con mango de guampa y una punta peligrosa. El tercero sirve para separar el hueso de la pulpa; la hoja , casi triangular, tiene apenas unos centímetros de tanto haber pasado por la piedra de afilar.
De la Baba tengo, además, la receta de la sopa de pobre hecha con agua, harina y ajo; el chucrut con sarma y el misterio del café clarividente. Manuscrita en el alma, me dejó la novela de su vida y a esta madre que me parió y que cada vez más, se parece a ella.
Se fue una mañana de Día de Muertos. Dicen que ese día el sol caía a rajatabla sobre el barrio de Agronomía. Que levantó la vista y lo miró de frente, como tantas otras veces cuando se detenía a descansar sobre la azada en el surco. 
Pero ese día estaba sentada en un sillón de mimbre en un patio del barrio Agronomía, lejos de Zagreb y de la tierra sembrada. 
No era una mujer para estar sentada.
Le dijo a mi madre que ese era un buen día para morir. Por el sol y porque sumaba trece. Y que había que jugarlo.
Mentira  la muerte. Hay quienes no se van. Acá está conmigo tomándose una rakija en el aniversario del día en que su cuerpo dejó de ser necesario para estar viva. 
Živila Baba Lucija!

VESNA KOSTELIĆ
Crónicas de una cebolla